Si tuviésemos que elegir un lugar en el mapa donde situar el jardín del Edén, bien podríamos ubicarlo en Kiribati, un archipiélago paradisíaco, perdido en el oeste del Océano Pacífico al noroeste de Australia, integrado por un grupo de 33 atolones coralinos y una isla volcánica (Banaba).

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Es uno de los rincones más bellos del mundo con paisaje de ensueño que puede observarse desde el mar a bordo de una típica canoa de Kiribati, construida con gruesas cañas de bambú en los costados. Los indígenas Tungarus las construyen de manera artesanal utilizando tablones de madera que atan con fibras vegetales y que las hace muy resistentes aun en condiciones climáticas adversas.

Todo el territorio insular está poblado por pequeñas y encantadoras aldeas con las características casitas de techos de paja y donde la vida transcurre tranquila y apacible, observando antiguas tradiciones y modos de vida milenarios.

Las palmeras forman parte habitual del paisaje que, más allá de proporcionar un bello marco provee del preciado fruto. La importancia del coco es crucial en las islas de Kiribati puesto que muchos aldeanos los transportan hacia el mercado local donde serán canjeados por arroz. Los cocos serán cortados después, secados y descascarillados para ser convertidos en aceite. También se siembra la planta de ‘AáBabai, un tipo de malanga que constituyó uno de los principales alimentos básicos de las islas antes de ser remplazado por el arroz importado. Las lombrices de arena también forman parte de la dieta isleña y una imagen muy común en el archipiélago es verlas en su proceso de secado.

Estas islas de playas de arena blanca y mar turquesa, son un paraíso soñado donde la vida tiene otro ritmo y otros parámetros, más cercanos a aquel primer paraíso.

Foto: Ocho Leguas